Muy gallego y mucho gallego
“O que ten cú, ten medo”[1]
Refrán popular gallego
Soy gallego. Como diría mi paisano,
Mariano Rajoy, “muy gallego y mucho gallego”.
Presumo de un linaje con más de ocho
apellidos gallegos, que no vascos, tanto por vía materna (de Mogor), como
paterna (de Marín). Así que, con un apellido que en castellano significa
“bosque de robles”, no puedo negar mis raíces. Ni quiero.
Supongo que estaba predestinado. Yo no
nací en un hospital, sino en casa. Siguiendo la tradición. Mi madre fue
asistida por una parteira.
Fui un niño terriblemente revoltoso. Un
auténtico “demo”. A mi lado Zipi y Zape o Daniel el Travieso, eran aburridos
monaguillos. Lo que explica que siga siendo un adulto irreverente.
Quizás por eso, y por todas las trastadas
que hacía de “rapaz”, con la mejor intención, cada vez que me dislocaba un hueso,
sufría un traumatismo o me partía la cabeza, mis abuelos no me llevaban al
médico… sino “al barbero”. Un menciñeiro que tenía su “barbería-consulta” en la
calle Mariana Pineda de A Coruña, al lado de la estación de ferrocarril. Y que
recuerdo que manipulaba mis huesos, músculos y tendones con la habilidad de un
cirujano, pero sin más titulación académica que la que le habilitaba para
cortarme el pelo. O quizás ni eso. Y aunque ese tipo de personajes, dotados de
una capacidad extraordinaria para obrar aparentes milagros, siempre han estado
presentes en la cultura gallega, yo invertí años de mi vida, y una auténtica
fortuna, en buscarlos en otros lugares.
Como tantos paisanos, y a pesar de mi casa
siempre ha estado en Galicia, emigré -en esto del misterio-, buscando en
lejanos, exóticos y remotos países, en cuatro continentes, respuestas a mis
preguntas existenciales. Cuando siempre estuvieron aquí.
El mismo sincretismo que pude ver en los
altares de santería, en Venezuela, los de vudú en Haití o de umbanda en Brasil,
lo encontré en los de muchas meigas. El mismo estilismo que encontré en los
zangbetos africanos, o los iremes abakua cubanos, ya estaba en los carapuchos
gallegos. Los mismos objetos de poder que vi usar a los chamanes siberianos o
americanos, son utilizados por las meigas de Galicia, quizás incluso desde
mucho antes…
Arrinconados por la geografía, y por la historia, los gallegos hemos aprendido a ir a lo nuestro. Discretamente. Sin hacer mucho ruido. O al menos intentándolo. Pero por alguna razón (dice el mito), a uno de los apóstoles más cercanos a Jesucristo, Santiago de Zebedeo, se le antojó ser enterrado en Galicia, convirtiendo Santiago de Compostela en la tercera ciudad santa del cristianismo, al nivel de Roma y Jerusalén. Y estableciendo el fin del mundo, en la costa gallega.
Y
así, desde el siglo IX, millones de peregrinos recorrieron toda Europa con
destino a Compostela -y a Finisterre- depositando en nuestro pensamiento mágico
ideas, tradiciones y creencias llegadas desde todos los rincones del planeta. Y
exportando a sus países de regreso, mitos, ritos y leyendas, genuinamente
gallegas. Quizás ahí se encuentre la explicación a qué en mis viajes a Haití,
India, Malawi o cualquier otro rincón del planeta, me haya encontrado tradiciones
y creencias, sospechosamente familiares para un gallego. ¿Cómo llegaron allí?
Los
gallegos también inventamos, en el siglo IV, los viajes de aventura y las
peregrinaciones. No es broma.
Muchas centurias antes de que los machotes Marco Polo, Ali Bey o Ibn Batuta pasasen a la historia como los grandes viajeros, una gallega del Bierzo, de nombre Egeria, ya les llevaba miles de kilómetros de ventaja. Porque entre el año 381 y 384, mujer tenía que ser, la intrépida Egeria publicó la maravillosa obra: “Itinerarium ad Loca Sancta”, en la que resumía sus increíbles viajes por la Galia, Italia, Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, Asia Menor y Constantinopla.
Así que eso de
que ya había un gallego en la Luna cuando alunizó el Apolo XI, quizás debería
ser objeto de revisión…
A la vista de estos hechos, y en relación a la teoría de que hasta Cristóbal Colón era gallego, sin duda “todo falso, salvo alguna cosa… “.
Lo mismo ocurre, al contrario, con los peregrinos a Galicia que hicieron el viaje inverso.
Cierto es que, en muchas ocasiones, los visitantes quedaron tan enamorados de esta tierra -tan fértil en su gastronomía como en su pensamiento mágico-, que decidieron quedarse. Añadiendo al paisaje mágico rural, nuevos elementos llegados desde lugares y creencias lejanas. Como las exóticas esculturas que dejaron en Carnota los holandeses Harry y María Evelyn -tras caminar más de 2.700 km hasta Compostela-; o los monumentos psicodélicos del recordado anacoreta alemán Manfred Gnädinger en la Costa da Morte, que literalmente murió de pena cuando el chapapote del Prestige devoró su obra sin piedad, a orillas de su amado Atlántico.[2]
Esas dos ideas: elementos del
pensamiento mágico que llegaron a Galicia para quedarse, y tradiciones gallegas
que exportamos a todos los rincones del mundo, serán importantes para entender porque
hoy creemos lo que creemos de las meigas y su mágico mundo.
Misterios made in Galicia
La Gallaecia de los suevos fue
históricamente el primer reino de lo que hoy llamamos España. Cinco siglos
antes de que Alfonso III delimitase un trono en el noroeste para su hijo Ordoño
II, Galicia ya había sido reino. Lo lamento por mis amigos catalanes, pero en
eso también fuimos los primeros.
Hoy los nacionalistas gallegos
intentan recuperar ese legado histórico para reivindicar la identidad de
Galicia como país independiente. Y pienso que, si en algo tienen razón, es en
que, como cantaron Os Resentidos de Antón Reixa, Galicia siempre fue un sitio
distinto. Con una identidad propia muy definida. También en su pensamiento
mágico.
¿En qué otro lugar del mundo podemos encontrar a una “cartuxeira” que compatibiliza su consulta de Tarot, con su puesto como jueza titular, antes del Juzgado de Vigilancia Penitenciaria nº 3 de Lugo, y ahora del Juzgado de Violencia sobre la Mujer nº 1 de A Coruña? Ay, que diferente habría sido la historia de las meigas gallegas, si hubiesen sido juezas como María Jesús García Pérez, mujer absolutamente libre, audaz, empoderada y profunda conocedora del esoterismo, las que hubiesen sentenciado sobre sus causas… [3]
No es por casualidad que cosas así solo
ocurran en Galicia.
De la misma forma en que el
plancton, las corrientes submarinas, en la confluencia del Atlántico y el
Cantábrico, etc., dotan a la fauna marina gallega de esa exclusividad que
convierte el pulpo a feira, los percebes o el marisco gallego en manjares
únicos en el mundo; o de la misma manera en que el cielo siempre gris, la
humedad y la tierra de Galicia facilitaron a curanderas, menciñeiras y “brujas”
gallegas plantas, raíces y frutos exclusivos para sus pócimas y ungüentos
sanadores; el pensamiento mágico gallego es único. Y solo a través de él y de
sus particularidades, es posible comprender mitos (y realidades) tan autóctonos
como la Santa Compaña o las meigas.
No, no es casualidad.
Curanderos, menciñeiros,
saludadores, compoñedores, parteiras, pastequeiros, boas mulleres, sabias,
meigas, nubeiros, cartuxeiras, corpos abertos, arresponsadores, ensalmadores,
rosareiras… La riqueza del paisanaje mágico gallego es tan abrumadora como sus
paisajes, su gastronomía o su historia. Tanto como su bestiario de criaturas
sobrenaturales: lobisomes, difuntos, compañas, vírgenes, mouras, etc.
Tronante, Loberno, Negrumante o Nubeira:
los superhéroes gallegos, estaban inspirados en “en el mundo de la mitología
gallega con la intención de transmitirnos el valor de este legado cultural y de
ayudar a la valoración de nuestro patrimonio como pueblo”.
Parece una broma, y lo es, pero en
realidad ilustra de forma llamativa una realidad objetiva: nuestros mitos y
tradiciones se han extendido por todo el mundo. Y no es el único ejemplo.
Probablemente le inmensa mayoría de los
fans de “The Walking Dead” o del “Thriller” de Michael Jackson ignoran
que, los zombis, los del cine -no los
del mundo real que yo pude investigar en mis viajes a Haití-, también son un
invento “made in Galicia”.
También parece una broma, pero el
hecho es que toda la imaginería cinematográfica sobre los zombis está originada
en el clásico de 1968 “La noche de los muertos vivientes”. Película dirigida
por el hijo de inmigrante coruñés George A. Romero, y financiada por sus tías
Purificación y Nena Romero, también de A Coruña que, como todo el ambiente
familiar de George, le inculcaron desde niño el imaginario mágico gallego,
especialmente el mito de la peregrinación de los muertos: la Santa Compaña. Y
como reconoció el mismo Romero: : “Esas leyendas
están en mi subconsciente, no puedo negarlo”.
Así que, aunque
lo parezca, no es ningún disparate la conclusión categórica de Iván Fernández:
“Así fue como el folclore del vudú haitiano, las leyendas gallegas y una
inyección de dinero de dos señoras de la Plaza de Ourense de A Coruña se
mezclaron para conformar uno de los iconos del terror más reconocidos del Siglo
XX y XXI, los zombis”.
Ante este
precedente histórico, el hecho de que el mejor director de cine de la
actualidad, Rodrigo Cortés, con el que he tenido la oportunidad de trabajar y
de cuya amistad presumo, sea orensano, tampoco debería extrañar a nadie.
Los gallegos
también inventamos los koan. Esas frases lapidarias, irresolubles e
irreplicables con las que nuestras abuelas sentenciaban toda conversación,
asestándonos un golpe dialéctico que noqueaba toda posible capacidad de
réplica, mientras permanecíamos, con los ojos tan abiertos como la boca,
tratando de digerir el significado profundo de la expresión.
“Marcho que teño
que marchar”, “¡Tarde piaches!”, “Éche o que hai”, “Non vaia ser o demo” … son
dichos y sentencias populares, fruto de siglos de supervivencia en las duras
condiciones de vida del rural gallego. Y todas reflejan ese carácter descreído,
prudente y desconfiado del anciano curtido por las penurias de una vida tan
larga como difícil, que define el pragmatismo gallego.
Frases tan
memorables como “Si te digo la verdad, te mentiría”, podrían formar parte de
cualquier catálogo de koan zen, o de cualquier manual para utilizar el
pensamiento lateral. Y como ocurre con las de la tradición nipona, no son
simples eslóganes publicitarios. Encierran una enseñanza, que las meigas
supieron utilizar como nadie: “Ser más listo que un ajo”, no tiene nada que ver
con la halitosis, sino con que los ajos son todo cabeza.
Estoy seguro de que cuando Javier Sierra escucha la popular expresión gallega: “Seguro que quedaches con fame, ¿fágoche un bistec?” Se acuerda de aquella visita a mi abuela, tras la cual los dos terminamos vomitando, sobrepasados por el atracón de gastronomía típica galaica...
Quizás esto explique que el primer
“monumento al OVNI” que se construyó en España -y quizás en Europa- se crease
en Vigo.[6]
O que la mayor oleada de
avistamientos OVNI -quizás el último peldaño evolutivo del pensamiento mágico
occidental-, se vivió en Galicia.[7]
O que el primer platillo volante
español de verdad, no solo una patente murciana, se esté fabricando
artesanalmente en una aldea remota de a Ribeira Sacra, a manos de un Nikola
Tesla gallego octogenario, veterano técnico de RTVE y de la Legión Extranjera,
de nombre Lucio Ballesteros.[8]
No, no es casualidad. Como que
muchos de los autores más conocidos de la bibliografía actual sobre anomalías,
sean gallegos: Salvador Freixedo, Miguel Pedrero, Bruno Cardeñosa, José Antonio
Silva, José Lesta o Carlos Gabriel Fernández (que, aunque nacido en la quinta
provincia, es más gallego que el lacón con grelos). Todos ellos han aportado
nuevas ideas y obras imprescindibles, que intentan ofrecer una nueva mirada a
los trabajos, más académicos, de otros gallegos que exploraron el pensamiento
mágico antes que nosotros.
Buceando en los archivos históricos, o pateando las corredoiras y los bosques de Galicia, recopilaron el patrimonio inmaterial depositado en la memoria de nuestros mayores. Como José María Castroviejo, Álvaro Cunqueiro, Xesús Taboada Chivite, Carmelo Lisón Tolosana, Francisco de Ramón y Ballesteros, Vicente Risco, Antonio Fraguas, Jesús Rodríguez López, etc. Investigadores tan antagónicos en sus ideologías, como el falangista Víctor Lis Quebén, o el rebelde republicano Bernardo Barreiro de Vázquez Varela, que sin embargo compartieron una pasión por la historia mágica de Galicia y nos legaron trabajos imprescindibles.
Hoy, una nueva generación de académicos,
como Ángel Acuña, Emilio Blanco, Mariño-Ferro, Marcial Gondar, Elisardo Becoña,
Mar Llinares, María Moure o Rafael Quintía, siguen sus pasos -literalmente-
dejándose las suelas por los montes, bosques y playas de Galicia, intentando
recoger los últimos recuerdos de nuestros mayores, antes de que desaparezcan
del todo. Pero no siempre lo consiguen.
Como dice Quintía en una de sus
obras: “Cuando recorres los caminos, muchas veces, cada vez más, encuentras
que una respuesta a la pregunta que haces puede responderla una mujer, que
justo murió hace poco… “.[9]
Los antropólogos en Galicia son como
los artificieros del TEDAX… trabajan contra reloj. Las tradiciones antiguas
reposan agazapadas en la memoria de los ancianos. Pero en 2020 y 2021, cientos
de esos archivos vivientes -quizás más de un millar- fallecieron en las
residencias gallegas por el Covid-19. Y nuestros TEDAX de la memoria ya nunca
tendrán acceso a sus recuerdos.
Y en mi amada Galicia, de color verde
prado, azul mar y gris cielo (esos deberían ser los colores de nuestra
bandera), cada vez quedan menos ancianos dispuestos a compartir su memoria con
los investigadores.
Una vez, Florinda Rodríguez, la meiga más conocida como la sabia de Goiás, me dijo que la tradición, que ella aprendió de su madre, moriría con ella, porque sus hijas y nietas estaban más preocupadas por la Internet y las redes sociales, que por aprender los secretos de las plantas medicinales. Y tenía más razón que una santa… Comba. Uno de los dos personajes del santoral católico, Santa Comba, que fue meiga antes que santa, todavía hoy muy venerada en Galicia.
Este es un problema con el que nos
encontramos todos los investigadores: se nos acaba el tiempo. La sabia de Goiás
falleció el 26 de enero de 2017, y aunque su libro “secreto” hoy se conserva en
un museo de Lalín, y una herboristería lleva su nombre en Pontevedra, su linaje
meigo murió con ella.
Entonces ¿qué carallo son las meigas?
La Real Academia Galega (RAG), que
es como la Real Academia Española (RAE), pero en gallego, define a las meigas
como: “Persona con
conocimientos de medicina natural a quien se le atribuyen poderes
sobrenaturales, que realiza curaciones, adivina el porvenir, etc. Mujer a la
que se atribuía un “pacto con el demonio”, del que recibía poderes para
realizar meigallos, adivinar el futuro etc. Mujer mala, que causa daño o
provoca conflictos de manera intencionada.
Vamos, que la RAG está tan
despistada como la RAE cuando define el término bruja como:
“1. adj. Embrujador, que hechiza.2. adj. Chile. Falso, fraudulento.3.Persona a la que se le atribuyen poderes mágicos obtenidos del diablo.4. m. Hechicero supuestamente dotado de poderes mágicos en determinadas culturas.5. f. En los cuentos infantiles o relatos folclóricos, mujer fea y malvada, que tiene poderes mágicos y que, generalmente, puede volar montada en una escoba.6. f. Mujer que parece presentir lo que va a suceder.7. f. coloq. Mujer de aspecto repulsivo.
8. f. coloq. Mujer malvada.”.[10]
Imposible hacerlo peor. Ni falsas, ni fraudulentas (salvo algunas excepciones), ni dotadas de poderes mágicos, ni feas, ni voladoras, ni de aspecto repulsivo, ni mucho menos malvadas. Los malvados fueron quienes las torturaron, violaron, vejaron, robaron y asesinaron… en el nombre de Jesucristo.
En pleno siglo XXI, el cine, la literatura, el comic o las series de televisión, dotan a las brujas -malas o buenas- de poderes sobrenaturales, cuando los verdaderos “poderes” de las brujas, siempre estuvieron totalmente vinculados a su intelecto. Y todavía hoy, en diferentes países del mundo, niñas, adolescentes y mujeres, son perseguidas, torturadas, violadas, humilladas, mutiladas y asesinadas acusadas de brujería. En Galicia también…
En
septiembre de 2021, un comité del Consejo de Derechos Humanos de la ONU
presentó un aterrador informe documentando más de 22.000 casos de mujeres, de
50 países, acusadas de brujería solo en los últimos diez años. Aunque precisan
que la cifra es mayor, ya que muchos de esos crímenes se producen en
territorios de difícil acceso. Solo en India, meca de la supuesta
espiritualidad, entre 2000 y 2016 la policía registró 2.500 asesinatos. Y solo
en Tanzania más de mil brujas son asesinadas cada año. Como explico en “Crimen
ritual y rito criminal” -el Cuaderno de Campo nº 4-, en algunos países, como
Arabia Saudí, la caza de brujas de hecho es una actividad legal…
Pero en Galicia pasamos por todo eso
desde hace mucho tiempo.
Por alguna razón, la magia y la brujería formaron parte del paisaje y del paisanaje galaico desde el principio de los tiempos. Y no, no es una afirmación retórica. Como resume Rafael Quintía, ya el siglo I, Silio Itálico, narrando las campañas de Aníbal, escribió que los galaicos se unieron a las tropas mercenarias del cartaginés, ofreciendo un talento añadido a su bravura en el combate: sus poderes psíquicos: “…la opulenta Gallaecia envió la juventud experta en adivinar el futuro en las entrañas, en los vuelos de las aves y en los divinos rayos. A veces gritaban bárbaros cánticos en su propia lengua”. [11]
Estrabón,
Plutarco y demás clásicos, también reseñaron en sus tempranas crónicas sobre
las gentes de Gallaecia, sus capacidades para lo sobrenatural, al igual que
subrayaron el singular carácter de las mujeres gallegas, que incluso hacían la
guerra junto a los hombres…
Las mujeres gallegas, como todas,
nunca han sido un sexo débil. Nuestra historia, como todas, está llena de
mujeres guerreras, intrépidas heroínas de armas tomar, que jamás necesitaron
hombres que las protegiesen. Al contrario. Aunque la historia se haya esforzado
tanto por invisibilizarlas.
Féminas, con más fe que nosotros -diga lo que diga el “Malleus Maleficarum”-, capaces de cambiar la historia y de hacer cosas que ningún hombre pudo hacer. Como la ya citada Egeria, que visitó lugares, vivió aventuras y conoció culturas que los varones de su tiempo solo se atrevían a soñar.
O como María Mayor Fernández de Cámara y
Pita (más conocida como María Pita), cuyo monumento, erigido frente al
Ayuntamiento de A Coruña, recuerda a aquella heroína que, enfurecida al
presenciar la muerte de su marido a manos de los ingleses que asaltaron A
Coruña el 3 de mayo de 1589, se abrió paso en medio de la batalla hasta el
alférez que dirigía el asalto -hermano del corsario Francis Drake que dirigía
la flota-, le arrebató la bandera británica y lo tiró desde lo alto de la
muralla. Que su líder muriese a manos de una gallega que izaba su propia
bandera, mientras gritaba a mis paisanos: “¡El que tenga honor, que me
siga!”, desmoralizó a los 12.000 ingleses que pretendían tomar mi ciudad, y
que se batieron en retirada. Estrabón no exageraba en sus crónicas…
María Pita eclipsó el legado de
muchas coruñesas, que se unieron a la lucha para repeler el intento de invasión
británica. Mujeres guerreras que atemorizaron a los ingleses hasta el punto de
hacerlos huir con el rabo entre las piernas.
O como las temerarias Lola, Julia y Amparo
Touza Domínguez, llamadas “las hermanas Schindler gallegas” que, desde su
pequeño puesto de bebidas y bocadillos en la estación de tren de Rivadavia
(Ourense), coordinaron la fuga de más de medio millar de judíos y perseguidos
por los nazis, aprovechando las rutas de los contrabandistas entre España y
Portugal.
O como Josefa Parada (de 25
años), Cipriana Oujo Maneiro (de 16), y María Fernández Oujo (de solo 14), las
heroínas de Sálvora que, con su pequeña dorna de pesca, se echaron a la mar
brava, jugándose la vida, para salvar a los supervivientes del mayor naufragio
de la historia gallega: el hundimiento del Santa Isabel -llamado el Titanic
gallego, por la cantidad de muertos que dejó, 213-, en aquella noche infernal
de 1921.
O las audaces maestras
coruñesas Marcela Gracia Ibeas y Elisa Sánchez Loriga, las primeras lesbianas
que consiguieron colársela a la iglesia, contrayendo matrimonio eclesiástico el
1 de julio de 1901 en la capilla de San Jorge, una de ellas disfrazada de
hombre. Aunque luego tuviesen que huir a Portugal, Argentina y México por el
escándalo de primera página que produjo la triquiñuela. Y porque la
homosexualidad -como la brujería- además de un pecado era un delito.
O tantas y tantas gallegas pioneras,
como Sofia Casanova (primera corresponsal de guerra); Concepción Arenal
(pionera del feminismo); Carmen Arias (primera presidenta de un banco); Mª
Emilia Casas (única presidenta del Tribunal Constitucional); Celia Rivas
(primera camionera de España); Isabel Barreto (primera mujer almirante), Sandra
Ortega (la mujer más rica de España, y quizás del mundo); Mª Luz Morales
(primera directora de un diario nacional); Idoia Rodríguez (primera militar
española muerta en zona de guerra, en Afganistán); Begoña Vila (astrofísica en
NASA) Miriam Pena (ingeniera informática en Silicon Valley); Isabel Zendal
(primera enfermera en misión internacional) o la sublime Rosalía de Castro,
entre otras, que también escribió a las meigas.
Como dijo la insigne escritora, periodista
y activista coruñesa Emilia Pardo Bazán, “si en mi tarjeta pusiera Emilio,
en lugar de Emilia, que distinta habría sido mi vida”.
Pero no, ni las gallegas de ayer o de hoy, ni las mujeres en general, necesitan que yo ni ningún hombre las defienda. Saben hacerlo solitas. Sin embargo, mientras las políticas, banqueras, economistas, científicas o escritoras, comienzan a ser reivindicadas en la sociedad moderna, las meigas continúan siendo doblemente ignoradas. Por mujeres y por brujas.
Yo he tenido la inmensa fortuna de
conocerlas personalmente. Me precio de haber mantenido y mantener la amistad de
muchas de ellas durante años. Y hoy, por primera vez, quiero poner nombre,
apellido y cara a las mujeres reales, de carne, huesos y sangre, que muchos
todavía consideran solo una leyenda. Porque haberlas haylas…
Su historia, tan falseada, nos enseña
mucho, muchísimo, sobre la construcción de los mitos, la evolución de las
creencias, la corrupción del poder y sobre nosotros mismos.
El mito y el hecho
La Torre de Hércules (llamada Farum
Brigantium hasta el siglo XX), es el símbolo de mi ciudad: A Coruña. Pero
también es el único faro romano todavía en funcionamiento en el mundo. Es el
más antiguo (data del siglo I d.C.), y el tercero más alto del planeta.
Declarada en 2009 Patrimonio de la
Humanidad, tuve la suerte de conocer personalmente a uno de sus últimos
fareros, Pedro Pasante, que durante un cuarto de siglo se ocupó del
mantenimiento del faro y quien me mostró, a los pies de la torre, una piedra
votiva con el nombre del arquitecto: Cayo Sevio Lupo, natural de Aeminium (lo
que hoy es Coimbra).
Ya en el siglo V la torre aparece referenciada por Paulo Orosio en "Historiae advervm paganos", así que su historia está sobradamente documentada. Hasta aquí, el hecho.
El mito, sin embargo, llegó para reescribir esa historia co un relato más épico y sobrenatural. Un intento, como todos los mitos, de interpretar y comprender el hecho para quienes, enfrentados a la majestuosidad de aquel monumento gigantesco y solitarios, desconocían su historia. Y durante siglos, a los niños coruñeses nuestras abuelas nos contaban que la torre de Hércules se llama así porque fue construida por el héroe mítico griego, tras una colosal lucha de tres días con el gigante Gerión. A quien venció, y decapitó. Y tras enterrar su cabeza en la colina, sobre ella construyó la torre. De hecho, y esto ilustra la trascendencia inmortal a la que puede llegar un mito, la calavera de Gerión bajo la torre de Hércules aparece todavía hoy en el escudo oficial de A Coruña.
En la
mitología irlandesa recogida en el “Lebor Gabála Érenn”, también se
reinterpreta la torre de Hércules, asegurando que desde lo alto del faro
coruñés el héroe Ith, uno de los hijos del caudillo celta Breogán, avista un
día una isla con la que había soñado desde niño, impulsándole a iniciar la
odisea que le llevará a descubrir Irlanda. Aunque nada de eso ocurrió jamás…
Por supuesto, no hay ninguna calavera
de gigante bajo los cimientos de la torre de Hércules, ni desde lo alto se
puede ver Irlanda, ni Hércules estuvo nunca en A Coruña, ni en ningún otro lado…
La Torre de Hércules forma parte de esa
tradición de monumentos históricos reinterpretados por los gallegos en clave
mágica. Como los castros, dólmenes, mamoas o cualquier otro emplazamiento
antiguo, que según la tradición gallega fueron construidos por os mouros y as
mouras, seres míticos que todavía viven ocultos en un mundo subterráneo sobre
el que erigieron esos faros megalíticos que señalan sus moradas ocultas…
Segundo ejemplo.
Durante siglos, las curanderas, meigas y
sanadoras gallegas utilizaron en sus remedios artesanales contra la enfermedad,
todo tipo de rituales, amuletos y ungüentos realizados con plantas, huesos de
animales, minerales y “objetos de poder” chamánico, como el cuerno de
unicornio.
El mito del poder curativo del cuerno de unicornio (conocido como alicornio en Galicia), se extendió por todo el mundo, desdibujándose hasta desaparecer con el paso de los siglos. Pero en Galicia se mantiene. Y todavía hoy en algunas aldeas las curanderas y curanderos utilizan objetos “de poder”, de distinto tamaño, apariencia y naturaleza, que consideran alicornios.
El antropólogo Rafael Quintía conser-va
uno de los ejem-plares más extraordi-narios, de casi un metro de longitud, que
fue pasando de generación en generación en su familia durante siglos. De hecho,
Quintía ha dedicado un fascinante estudio al uso del “cuerno de unicornio” en
la medicina popular gallega.[12]
Los alicornios de mi colección son
bastante más pequeños. Y quizás, en este caso, el tamaño si importa…
Todos los alicornios examinados
-incluyendo los míos- han resultado ser cuernos de ciervo, corzo, vaca, cabra,
entre otros objetos totalmente naturales. Lo que no es raro ya que los
unicornios jamás han existido en Galicia, ni en ningún otro lado, que sepamos.
Pero pese a ello, infinidad de enfermos a los que una menciñeira, una
curandeira o una meiga le ha “pasado el alicornio” por la extremidad
herida, ha bebido el “agua de alicornio”, ha usado un anillo o talismán
de alicornio, etc., asegura haber mejorado o haberse curado. No importa
que el hecho asevere que los unicornios no existen; el mito es más poderoso y
llega a obrar el milagro.
Tercer ejemplo.
Durante estos años he tenido la
oportunidad de conocer personalmente y entrevistar a las y los mejores
especialistas en la historia antropológica y etnológica de las meigas.
Eminencias académicas como Xosé Ramón Mariño Ferro, Elisardo Becoña, Gustav
Henningsen, María del Mar Llinares, Marcial Gondar, Rafael Quintía, etc. Todos
ellos se gastaron las suelas de las botas pateando cientos de pueblos y aldeas
gallegas, recopilando el testimonio de nuestros ancianos con relación a
nuestras brujas y su mundo. Y han documentado en sus tesis, ensayos y artículos
académicos el mito.
Carmelo Lisón Tolosana, por ejemplo,
enumera de forma especialmente didáctica como los testimonios humanos
desdibujaron el hecho, para construir el mito.
Según los relatos que recogió
personalmente en sus viajes por toda Galicia, nuestros mayores habían
construido un relato mítico sobre la temida y odiada Inquisición gallega: “Venían
con carros de ruedas de corcho para no hacer ruido…”, “Aparecían pues como una
visión, sin ruido y con sorpresa…”, “Oí decir que antes venían se llevaban a
una moza y que hacían lo que querían de ella, y luego que la tenían
encarcelada…”. “Rara es la comarca que no ha sido poblada por la fantasía popular
con al menos una casa o torre, o sótano donde los verdugos inquisitoriales
atormentaban a las víctimas”.[13]
Miente que algo queda
Pero el hecho es que la inquisición
española tuvo muchos problemas en Galicia. Probablemente más que en ningún otro
punto de España.
El tribunal gallego del Santo Oficio fue el último en constituirse de toda la península, y a excepción del de Murcia, el que menos procesos inquisitoriales ejecutó. A pesar de la preocupación que tenían los inquisidores, y sobre todo el rey Felipe II, con lo que estaba ocurriendo en el noroeste.
La difícil orografía que llegaba a hacer
impracticable el acceso a muchos municipios; la existencia de miles de pequeñas
aldeas desperdigadas por valles y montañas que imposibilitaba tener agentes de
la inquisición en cada uno de ellos; la falta de colaboración del pueblo, la
justicia ordinaria y la Iglesia para con los inquisidores recién llegados… Todo
ello hizo que en dos ocasiones la Santa Inquisición fracasase en sus intentos
de crear un Tribunal de Santiago permanente. Pero a la tercera fue la vencida.
Los inquisidores las pasaron canutas en mi tierra para ejercer su “santo oficio”. Lo que explica -eso nos cuentan- que en toda su historia la Inquisición “solo” quemase viva a una meiga en Galicia. Ocurrió en la Plaza de Cervantes de Compostela, por la que cada día pasean miles de turistas, locales y peregrinos llegados de todo el mundo que caminan por aquellos viejos adoquines que fueron testigos del crimen. Allí fue “relajada” -así endulzaba el asesinato la Inquisición- la bruja, ante una turba enloquecida de buenos cristianos que disfrutaron del espectáculo y de los alaridos de la meiga cuando las llamas comenzaron a consumir su piel y su carne, el 30 de noviembre de 1579. Se llamaba María, como la madre de Jesús, María Rodrígues. Y tenía solo 38 años.
Esa es la trampa histórica. No fue la
única. Otras meigas, como María Fernández, fueron linchadas por grupos de
vecinos. En este caso, en Mondoñedo (Lugo) en 1755, la turba estaba liderada
por un clérigo, Manuel de Cora, metido a cazador de brujas. Una auténtica
estirpe de psicópatas sin escrúpulos…
Y otras, la mayoría, ejecutadas por la
justicia ordinaria, mucho más cruel y despiadada que los del Santo Oficio.
Y digo más, en la actualidad, se siguen
ejecutando meigas en Galicia. Como la anciana asesinada el 26 de julio de 1989
en Valladares (A Coruña) a hachazos y puñaladas. Porque para el inmortal
pensamiento mágico gallego, las meigas haberlas haylas… y algunos todavía
piensan que hay que matarlas.
No. Aunque lo repitan los expertos una y mil veces en todos los libros, programas, canales de Youtube o artículos eruditos, en Galicia no solo asesinaron a una meiga. En las próximas páginas encontrarás referencias a varios casos concretos…
Asesinatos impunes, en nombre de Cristo,
injustos, viles, miserables y por supuesto imperdonables, pero que contrastan
con las entre 50.000 y 70.000 víctimas quemadas vivas en Europa durante esa
irracional caza de brujas. Oficialmente, la Inquisición de Galicia “relajó” a
una bruja. Una entre 50.000, en el mejor de los casos. Ese es el hecho.
Pese a que, para los testimonios humanos
recogidos por los antropólogos, hubiesen sido miles… Ese es el mito.
Para los antropólogos, los mitos son el
lenguaje popular con el que las sociedades reinterpretan la realidad, en su
intento por comprenderla. Por eso todos los mitos se originan en un suceso,
lugar o personaje verídico. Pueden aportar una información valiosísima sobre el
pensamiento, las costumbres o las creencias de un pueblo. Pero no son hechos.
Las meigas, como la torre de Hércules, los
ritos del alicornio, la Santa Inquisición, o las radios que caen del
cielo colgadas de un trapo son y han sido reales. Pero prácticamente todo lo
que nos han contado sobre ello no lo es. Nunca han existido aquelarres, sabbats
ni covens. Al menos hasta mediados del siglo XX.
Las brujas gallegas jamás han volado en escoba, ni de ninguna otra forma. Ni con pócimas untadas en su vagina ni sin ellas. Nunca han tenido relaciones con el diablo, han provocado tormentas o han causado la impotencia de ningún imbécil. No mataron niños ni chuparon su sangre. No han poseído poderes sobrenaturales, ni lo pretendieron. Nunca se reunieron en el Arenal de Coiro, ni en el de Sevilla, ni en ningún otro lado… Todo es mentira.
Por mucho que esas afirmaciones estén
recogidas en documentos oficiales de los tribunales de justicia ordinarios o de
la Santa Inquisición, que en Galicia las protegió más que perseguirlas.
Y en pleno siglo XX cineastas, literatos,
académicos, youtubers, etc., continúan perpetuando los mitos y los estereotipos
sobre las brujas. Mentiras que, a fuerza de ser repetidas una y otra vez, como
en una estrategia goebbeliana, han queda implantadas en nuestra memoria
colectiva.
Pero para comprender el presente antes
debemos conocer el pasado. Cuando se sembraron las semillas del mito que
todavía hoy se empeña en ocultar los hechos.
[1] “El que tiene culo tiene miedo”.
[2] Carmen Hermo dedicó un
maravilloso libro de ilustraciones a la memoria de Man el alemán, como
le conocían sus vecinos en Camelle, titulado “Man de Camelle”. Editorial
Kalandraka, 2018.
[3] En 2018 la jueza María Jesús
García Pérez saltó a las cabeceras de todos los medios nacionales al ser
expedientada por compatibilizar su consulta de tarot con su trabajo como jueza
de Vigilancia Penitenciaria. Durante meses fue investigada, no solo por la
Comisión Parlamentaria del Consejo Superior del Poder Judicial, sino por todos
los medios de comunicación, que radiografiaron hasta el menor detalle de su
atípica biografía, demostrando que María Jesús siempre ha hecho lo que le ha
dado la gana. En agosto de 2019 el diario El Mundo filtró el video en el
que se presentaba al programa Firts Dates para buscar el amor, en un “hombre
joven que comparta mi amor por los animales y el esoterismo”. Pero no fue
necesario. El amor la esperaba en casa. En abril de 2021 contrajo matrimonio
con Francisco, el asistente que llevaba las labores de su hogar desde hacía
diez años. Hoy es ella la que juzga a los hombres -como antes eran hombres los
que juzgaban a las brujas- en el Juzgado de Violencia sobre la Mujer nº 1 de A
Coruña.
[4] Fernández Amil, Iván. “El
origen gallego de los zombis modernos: la Santa Compaña”. Quincemil, 16
de noviembre de 2019.
[5] Como detallo en mi libro “La
vida secreta de Carlos Castaneda: antropólogo, brujo, espía, profeta” (El Ojo
Crítico, 2018), Rodrigo Cortés me contrató como ilusionista, para enseñar a
Cillian Murphy y a Robert de Niro los efectos de prestidigitación que se ven en
su película “Luces Rojas”. Un film dedicado íntegramente al mundo de los
fenómenos paranormales, y a sus luces y sombras.
[6] En marzo de 1970, el famoso
peluquero vigués Juan Bautista Minguela Domingo -entre otras cosas fue el
peluquero del Rey don Juan Carlos I durante su estancia en la Escuela Naval de
Marín- se hizo aún más famoso al protagonizar un encuentro cercano con un OVNI
en su casa de Viladesuso, que dejó unas extrañas huellas sobre las rocas.
Mingela, según nos contó a Carlos G. Fernández y a mi cuando pudimos
encuestarle décadas después- se escondió en el armario con su escopeta de caza
y sus perros, aterrado por aquel objeto. Sin embargo, terminó construyendo un
bizarro monumento, en homenaje a aquella insólita experiencia, en el lugar del
avistamiento. Tras su fallecimiento, el 1 de enero de 2007, la llamada “casa
del OVNI” quedó abandonada, hasta que en 2020 un matrimonio ourensano la compró
y la restauró. Pero de su histórico monumento al OVNI ya solo quedan las fotos
que aún pudimos tomar Carlos Fernández y yo, y algún documento periodístico de
la época.
[7] Pedrero, Miguel; Lesta, José;
Gallego, Ana; Navarro, Alex y Carballal, Manuel. “La oleada OVNI en Galicia”.
El Ojo Crítico, nº 19.
[8] Carballal, Manuel. “El Nikola
Tesla español”. El Ojo Crítico, nº 88.
[9] Quintía, Rafael. “Heichas
contar”. Ab Origene, 2019. (Pág.12)
[11] Quintía, Rafael. “Universos simbólicos”. Ab Origene Ediciones, 2017.
[12] Quintía, Rafael. “Alicornio:
o poder do corno de unicornio na medicina tradicional galega”. Sociedade
Antropoloxica Galega, 2013.
[13] Lisón Tolosada, Carmelo.
“Brujería, estructura social y simbolismo en Galicia”. Akal, 1987.
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